Durante años se nos enseñó que la ropa envejece rápido.
Que pasa de moda.
Que deja de servir.
Pero la ropa no se vuelve descartable sola.
Es descartada dentro de una lógica que necesita que nada dure demasiado.
El fast fashion no solo produce grandes volúmenes de prendas: produce una relación frágil con los objetos. Una relación donde nada importa demasiado porque todo puede ser reemplazado en poco tiempo.
En esa lógica, el problema no es la prenda, sino el ritmo. El ritmo de producción, de consumo y de descarte que nos vuelve incapaces de construir vínculos duraderos con lo que usamos.
La ropa usada no es una categoría inferior. No es “lo que sobra” ni “lo que quedó”. Es ropa que ya fue parte de una vida y puede seguir siéndolo. Muchas veces, incluso, con mejores materiales y confecciones que gran parte de la producción actual.
Elegir prendas que ya existen no es nostalgia ni precariedad. Es una forma concreta de resistir una lógica que necesita que todo sea nuevo, rápido y efímero para seguir funcionando

