Por Daiana Cáceres

En redes se habla de “moda sostenible” como si fuera una paleta de colores neutros, una remera orgánica y una foto en un parque. Pero la sostenibilidad real no se ve: se practica, se sostiene y, sobre todo, se paga. No es estética. Es acceso, trabajo, territorio y clase.

Hay una falsa idea instalada: que la sostenibilidad es una estética.

Que alcanza con usar beige, reciclar un par de prendas y decir “slow fashion” para pertenecer a un movimiento ético.

Es mentira.

La sostenibilidad no es un estilo visual.

No nace en un feed prolijo ni en un trend de TikTok.

La sostenibilidad es un sistema: requiere procesos reales, decisiones incómodas, tiempo, dinero y coherencia.

Y cuando hablamos de coherencia, hablamos de clase.

Porque no todas las personas tienen acceso a la sostenibilidad de la misma manera.


.La sostenibilidad como privilegio (aunque nadie quiera decirlo)

Consumir responsablemente requiere:

– tiempo para investigar,

– dinero para elegir mejor,

– acceso a ferias o marcas locales,

– y educación para entender procesos productivos.

La mayoría de las personas compra desde la urgencia, no desde la conciencia.

Compra lo que puede, no lo que quisiera.

Compra intentando sobrevivir, no intentando salvar al planeta.

Y ahí aparece la contradicción:

un discurso sostenibilista que le exige conciencia a quienes apenas pueden sostener su cotidiano.

La sostenibilidad se volvió, en muchos espacios, un concepto aspiracional.

Algo que se “muestra”, no algo que se practica.


 La sostenibilidad es trabajo, no romanticismo

Producir sosteniblemente en Argentina implica:

– pagar mano de obra justa,

– pelear contra importaciones baratas,

– encontrar materiales reales y no “eco” de marketing,

– sostener micro-emprendimientos con costos fuera de control,

– y competir contra marcas que producen en masa a precios imposibles.

No hay nada “romántico” en eso.

Hay trabajo. Mucho.

Y sobre todo: hay límites estructurales que no se resuelven con un carrusel inspiracional.

La sostenibilidad real incomoda, porque exige transparencia:

¿de dónde viene tu algodón?

¿quién lo cosió?

¿a cuánto le pagaste?

¿cuántas unidades hiciste y por qué?

¿qué pasa con los residuos?

¿qué impacto tiene cada decisión en tu entorno?

La sostenibilidad no es lo que decís.

Es lo que sostenés.


 El mercado “verde”: el nuevo maquillaje del capitalismo

Las marcas encontraron rápido la vuelta:

convertir la sostenibilidad en una estética rentable.

Lo “eco” vende.

Lo “natural” vende.

El “orgánico” vende.

La paleta neutra vende.

Y así se llenó el mercado de productos “verdes” que no cambian nada; solo te hacen sentir mejor mientras consumís lo mismo de siempre.

Este fenómeno tiene nombre: greenwashing.

Un lavado de cara.

Un maquillaje.

Una mentira elegante.

Y en esa mentira caen incluso creadoras de moda que hablan de sostenibilidad mientras sostienen acuerdos comerciales con empresas que precarizan, explotan o producen en masa.

La sostenibilidad se volvió postureo.

Pero la sostenibilidad real no es para la foto: es para la vida.


 Lo que nadie admite: la sostenibilidad también es política

La moda es una industria:

emplea, genera recursos, contamina, define cuerpos, construye identidades.

No se puede hablar de sostenibilidad sin hablar de:

– salarios,

– leyes laborales,

– condiciones de producción,

– importaciones,

– políticas de residuos,

– industria textil nacional,

– y desigualdad.

La moda es política porque siempre hay intereses detrás:

quién financia, quién respalda, quién lucra, quién queda afuera.

Pretender que la sostenibilidad es “solo una forma más amable de consumir” es infantil.

La sostenibilidad implica señalar lo que funciona, lo que no, y lo que hay que cambiar.


. ¿Entonces? ¿Dónde queda la estética?

La estética es un resultado, no un principio.

Es consecuencia de un proceso coherente, no el proceso en sí.

Podés vestirte de beige todo el año y no saber nada sobre quién cosió tu ropa.

Podés comprar vintage pero seguir sosteniendo un consumo compulsivo.

Podés hablar de moda responsable y promocionar prácticas que contradicen tu discurso.

La estética no define la sostenibilidad.

La coherencia sí.


. La verdadera sostenibilidad: una práctica cotidiana, imperfecta y honesta

La sostenibilidad real no es perfecta.

No pretende pureza.

No exige consumo cero.

No busca moralizar.

La sostenibilidad real se construye desde la honestidad:

– “Compro vintage porque es lo que puedo y me gusta.”

– “Consumo menos porque aprendí a pensar mis compras.”

– “Elijo marcas locales porque entiendo su impacto.”

– “Reciclo cuando puedo, no cuando queda lindo.”

– “No me creo mejor que nadie por lo que uso.”

– “Sé que el sistema está roto, pero igual hago lo que puedo.”

Nadie es 100% sostenible.

Pero sí se puede ser 100% coherente.


La sostenibilidad no es un filtro, ni un slogan, ni una foto linda.

No es una tendencia del algoritmo.

No es una etiqueta moral.

La sostenibilidad es un ejercicio político, económico y emocional.

Es preguntarte qué consumís, por qué, a qué costo y para quién.

La estética cambia.

La conciencia no.

La moda habla.

Yo solo la traduzco.